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Entrevista a Daniel Buendía: Los guiones del poeta filmógrafo

By 11 diciembre, 2019 No Comments

Hoy os traemos a Daniel Buendía, uno de los Solfamidas, que hace poco ha publicado Plano detalle con Ediciones en Huida, donde ya publicaría en 2017, su primer poemario Defectos prácticos. Él se dice poco fan de las antologías, pero pronto publicará en una titulada Aquel invierno que gritamos. Y, actualmente, se encuentra cerrando la gira de presentación de este poemario cinematográfico. 

Ya estuviste por aquí antes, respondiendo como parte de los Solfamidas, ese cuarteto de poetas comprometidos que nos brindo alguna que otra risa. Hasta ahora, eres el poeta más editado que ha pasado por esta sección: ¿cómo es la experiencia de editar de nuevo? ¿Crees qué el panorama editorial de Murcia goza de buena salud? ¿Hay un público comprometido o son necesarias más iniciativas que acerquen la poesía a los ciudadanos?

Editar es siempre una gran responsabilidad. Hay una editorial detrás, regentada por un señor que invierte un dinero en ti. En tu obra. Y que tiene bocas que alimentar. El panorama es el que es. Si buena salud es sinónimo de número de obras, salud de hierro. Si es sinónimo de calidad, no estamos mal. El público está y los espacios, en algunos casos, también. El compromiso del público es una consecuencia, no un motivo.

‘Plano detalle’ es tu nuevo libro, se abre ante nuestros ojos como las dos partes de una película. La primera queda antecedida por dos citas, una de Karmelo C. Iribarren y otra de Orson Welles, las cuales nos introducen dos conceptos muy importantes a lo largo del poemario la “multiplicidad” y, por supuesto, el cine. Este concepto se repite al inicio de la segunda parte, donde la cita nos recuerda las partes de una película o de un texto narrativo (introducción, desarrollo y conclusión), aunque el orden podría variar. ¿Cómo fue el proceso de creación para la estructura y desarrollo de este poemario?

Tenía bastante claro desde el principio la temática y el concepto, pero engarzarlo y dotarlo de un sentido que permita al lector llegar al “the end” de una forma fluida no es sencillo. Así que decidí establecer dos apartados. El primero rotundamente cinematográfico y el segundo una especie de miscelánea alrededor de ese concepto, ya sea música, literatura o incluso filosofía. Filosofía sin mayúsculas. De andar por casa.

Como es evidente, muchos de los poemas toman nombres de películas o series, y parecen reproducirse escenas de las mismas donde el yo-poético pasa a ser el actor protagonista, por lo que durante la lectura somos capaces de ver todo en movimiento y convertirnos en los protagonistas. Ejemplos son: Cinema Paradiso, donde dices “Ojeo por encima mis álbumes internos/ instantes, fotogramas, momentos/ recortes de mí mismo”, convirtiéndote en Salvatore; o The Martian, donde tu yo juega en la ingravidez a encontrarse, “Aquí estamos/ éste vacío insondable y yo/ compartiendo espacio. / Siendo, a veces, casi libres. ¿Esta multiplicidad de “yoes” que se insertan en los planos fílmicos es tu transcripción de lo que vives cuando te metes dentro de la película? ¿Crees que se puede aprender de nosotros mismos a través del séptimo arte?

Los poemas no son sinopsis ni resúmenes, responden a un proceso de filtración, por así decirlo. La obra pasa por mí, la reposo, dejo que se expanda, y de eso yo saco algo diferente. Otra cosa. Fruto de mi estado actual o de lo que la película haya despertado en mí.

Creo en el cine como una herramienta democratizadora. En su poder de congregación. En la ceremonia y la liturgia. Pero como dice Alfredo a Salvatore: la vida no es como la has visto en el cine.

 Una de las cuestiones en las que se inserta Plano detalle es en el cine de realismo social, que es una categoría también aplicable a la poesía, pues muchas veces nos fijamos en lo que ocurre a nuestro alrededor, en lo injusto. Así encontramos diferentes referencias a este cine y a esta realidad circundante como  “Los restos del naufragio/ Apuestas Nosequé/ donde antes estaba el bar de Paco”, en Otro film de Ken Loach, o entre otras muchas, como los versos de Y al final de la escapada qué: “Haber escrito el mejor poema del mundo / no te ha librado de ticar a las seis./ Que el arte / será todo lo contrario a morirse de frío. /Pero una cosa es el alma/ y otra el estómago…”. ¿Cuál es tu compromiso con la sociedad que te rodea en este momento? ¿Practicas a través de la poesía, en parte, un ejercicio de crítica?

Mi compromiso es el que un perro podría tener con su amo. Sin saber si soy el perro o si soy el amo.

Hasta donde se puede, sí. Escribo yo y, por tanto, arrojo mi visión sobre las cosas. No sé si se le puede llamar “crítica” y tampoco soy muy dado a establecer marchamos absolutos sobre verdades sociales, porque caducan pronto.

 El dolor y el amor también tienen cabida entre tus verso, salpicando los planos y nos devuelve al juego del día a día. “Te dirán que te levantes. /Que el suelo no es para ti./ Te darán el agua/ tras llenarte de agujeros”, en el tríptico Todo sobre mi madre, o la recurrencia a lo sensual y erótico, con versos como “Aquella muchacha llegó a mí / como un milagro de Dios.”, de El comité de actividades antiamericanas. ¿Crees que los temas principales de la poesía (amor, vida y muerte) se están renovando o que siempre volvemos sobre los mismos pilares para recomponer el lenguaje y las imágenes? 

Se puede escribir un poema que trate sobre la vida útil de un frigorífico, pero si no sale bien, te puedes imaginar. Apelar a temas universales nos da algo de ventaja. 

 La música también está presente en algunos poemas de tu obra con títulos como Otra inútil canción para la paz de Extremoduro o Me da miedo la enormidad, dedicado a Ícaro Carrillo, que es un trozo del estribillo de Lucha de gigantes. ¿Qué importancia tiene la música en la génesis de tu poesía y en tu vida diaria? 

Toda. No creo que pudiera sentarme a escribir dos palabras si no tuviera ese apoyo detrás. Una buena banda sonora es fundamental.

Más allá de eso, en tu poesía se ven referencias, en ocasiones, que rozan lo punk como: “tras haberle rebanado el cuello /con una navaja de Albacete”, del poema Las últimas horas de River Phoenix, o “A mí el blanco y negro me pone cachondo/ y los zombis me reconcilian/ un poco con el capitalismo” de Cahiers du Cinèma, que a mí personalmente me recordaron a los zombies de Tren a Busan. Si mis deducciones son ciertas, ¿qué grupos de rock o qué raperos de este corte o estilo te acompañan?

Soy mucho más ecléctico de lo que lo fui años atrás. Suelo escuchar casi todo tipo de estilos. Pero si hay que dar algún nombre: Quique González pasando por Kase. O, Foo Fighters o yo qué sé, Javier Krahe. Ya tengo una edad y me esfuerzo en no ser pureta o paternalista. O al menos en no parecerlo.

Entre uno de los poemas de la primera parte y del final, juegas con el concepto de la intertextualidad. Así, en Yo, Daniel Blake dices “Vimos juntos cómo el trozo de pan/ era invadido, casi automáticamente,/ por decenas o cientos de hormigas”; y, más adelante, en Ahora todo es kafkiano, descubres el ser del poeta con diferentes paralelismos y repites la idea “El poeta habla de las hormigas/ y usa el plural mayestático”. ¿Cuándo reiteras la imagen de las hormigas y del nosotros lo haces de forma inconsciente o es un juego en el que el lector debe ver a los dos poetas del poema previo observando la degradación del alimento?

Lo uso como un recurso para apelar a una especie de conciencia colectiva que se ha perdido en esta lucha entre iguales en las que nos hemos visto envueltos, algunos por activa y casi todos por pasiva.

Redactado por Anabel Úbeda (1994), filóloga, escritora y autora del poemario Visiones del refugio azul (Boria Ediciones, 2019), coordinadora del Colectivo Cultural Bálamo del Arte.