EntrevistasLiteratura

ENTREVISTA: Las lágrimas inermes de la poesía de Alicia Párraga

By 30 octubre, 2019 No Comments
Alicia Párraga

“Soy partidaria de apagar la música ambiente y dar volumen a las voces que intentan tomar la palabra entre tanto ruido”.

Hoy os traigo a Alicia Párraga, una poeta en nacimiento que ha publicado algunos poemas en la revista de poesía Bohemia (2018), en Triadae Magazine (2019) y en el número 4 del fanzine Carne para el perro (2019). Actualmente, se encuentra esperando el lanzamiento de su primer poemario “Kairós”, bajo el sello de la editorial murciana Boria Ediciones.

La primera vez que te leí fue en el último número del fanzine Carne para el perro, donde éramos compañeras. En él, quedé atrapada por tu habilidad de hacer poético el estado más elemental de ser humano: el hastío de la rutina. Con versos como Mientras la máscara sonríe/ yo tenso las cuerdas vocales/ hasta que alumbre la causa/ que me ate a ella, dejas claro que somos distintos en la vida externa e interna. ¿Crees que los poetas actualmente se ocultan tras máscaras o que realmente hay voces comprometidas y que son honestas con el público? ¿Cómo te sientes al saber que muy pronto pasarás al escenario literario?

Respecto a la primera pregunta, sí creo que hay poetas comprometidos y honestos, por supuesto; pero también considero que la sociedad en la que vivimos nos empuja a parecer felices y a dejar constancia de ello, obviando que, en mayor o menos medida, todos pasamos por momentos difíciles, aunque evitemos hablar de ello, unas veces por pudor y por evitar preocupaciones a las personas de tu entorno, y, otras, simplemente por seguir pisando la línea de salida en esta carrera ficticia a la felicidad.
En cuanto a la segunda pregunta, la verdad es que, desde que supe que Luis, editor de Boria Ediciones, estaba interesado en publicar los textos que yo tenía por ahí guardados en el ordenador, soy una coctelera en la que se mezclan altas cantidades de pudor, vértigo, respeto y agradecimiento.

En Cachorro de nube, Sine die y Despedidas, vemos un yo-lírico más personal e intimista, a esa mujer que va naciendo y se expresa a sí misma, con las gotas de realidad que se condensan en las mejillas, el río de nostalgia desbordado sobre la caja de hojalata y ese infantil conjuro que no sirve para detener la riada, muestran como hilo común el agua que emana de nuestros ojos cuando nos azotan las faltas, los malos días y la incertidumbre. En la poesía, siempre aparece como una imagen que nos hace entrar en el texto, pero ¿sientes que existe aún miedo por parte de las personas en su día a día a expresar así sus miedos o sentimientos, o que sigue estando visto como algo negativo?


Sí, como he dicho en la primera pregunta, la sociedad nos obliga, en cierta manera, a ser o parecer felices, a ocultar los fracasos, miedos y tristezas que el común de los mortales sufre a lo largo de la vida.
La cotidianidad reaparece en el poema Un domingo cualquiera y nos muestra el desgarro propio que provoca la soledad con imágenes sacadas de la penumbra del alma como Exagerar un bostezo para oír/ la voz que proviene de tu nicho. / Desangrarte en la penumbra de estas letras / sin que nadie suture tu soledad/. ¿Piensas que a veces es necesario acallar el ruido circundante y escuchar lo más leve para volver a uno mismo y apreciarse?
Sí, soy partidaria de apagar la música ambiente y dar volumen a las voces que intentan tomar la palabra entre tanto ruido.

En el poema Costuras dedicas el poema a tus abuelas y creas un poema muy visual, remitiendo a recuerdos de la infancia, con versos como la aguja que remendaría los eclipses/ de luna sangrante/ que encendían la carne ennegrecida/ de mis rodillas, en los que muchos de las generaciones de los años ochenta y noventa nos sentimos identificados. ¿Es importante volver a ver la infancia como el momento en que la caída y la frustración son una fuente de aprendizaje? Y respecto a la imagen de las abuelas cosiendo, ¿crees que la sociedad no valora lo suficiente su figura y lo que pueden enseñarnos?

Hay personas a las que volver a la infancia les resulta duro, no guardan un buen recuerdo. Yo, por el contrario, suelo mirar con bastante nostalgia mi pasado, y, con el paso del tiempo, incluso me resulta placentero acariciar las cicatrices de esas caídas y frustraciones que la mayoría coleccionamos.
En cuanto a la segunda pregunta, sí, creo que la sociedad en general tiende a apartar a las personas cuando ya no son “útiles”, cuando se convierten en una carga, y esto me da mucha pena, y mucha rabia. Parece que la tan mencionada obsolescencia programada también afecta a las personas.

Los poemas de amor como Miradas y Belleza en la degradación de los pigmentos, muestran dos estados diferentes del amor, por un lado, el más físico e íntimo con imágenes naturalistas como Lucerna incandescente en noche cerrada, / madreselva que trepa por el páramo/ y lo convierte en vergel… Y, por otro lado, remites al paso del tiempo que muestra al hombre en su estado más adulto y atractivo: de la nueva cana que abriga/ el labrado perfil de su barba. ¿Los poemas de amor envejecen bien con el tiempo? O ¿eres de las que piensa que debe ir transformándose su expresión para mostrar su propia metamorfosis?

No sabría qué decirte. Creo que los poemas de amor envejecen bien porque la mayoría ha experimentado o experimentará las distintas fases del amor, y se puede reconocer en ellos; sin embargo, también creo que con los años el amor evoluciona, se atempera, y eso se refleja también en el texto.

En Monstruos infiltrados, citas al buen amigo Daniel Buendía, y plasmas una situación social compleja, la de esos hombres de traje que deciden sobre nuestros futuros sin ningún pudor y otros que se esconden tras la pobreza, como en otros versos, recurres a las referencias mitológicas, ¿sería un buen momento para que la sociedad recupere esos mitos y referentes para examinar sus propios comportamientos? ¿Estamos ante una animalización del ser humano o ante una clara involución?


Siempre es un buen momento para conocer los mitos, y más ahora que priman los conocimientos tecnológicos a costa de los humanísticos.
Es una pena que cada vez haya más personas que no han oído hablar de Ulises, Antígona, Aquiles, que no sepan por qué el gimnasio en el que se ejercitan se llama Heracles o por qué el pub donde se toman las copas se llama Alter Ego.

Creo que estamos ante una clara involución, hay seres a los que les sobra el adjetivo “humano”. Ojalá estuviéramos ante la animalización del ser humano, en muchos aspectos saldríamos ganando.

Redactado por Anabel Úbeda (1994), filóloga, escritora y autora del poemario Visiones del refugio azul (Boria Ediciones, 2019), coordinadora del Colectivo Cultural Bálamo del Arte.