Vendimiar, Kitt, es más que recoger uva lejos

Vendimia 2019

Hará cosa de un mes, más o menos, recuerdo que me encontraba desayunando. Aquella mañana, café y tostadas con queso fresco, tal vez con mermelada de frutos del bosque por encima. Eso me gusta pensar porque la verdad que no me acuerdo. Recuerdo también que se oía murmurar al telediario desde el otro lado de la habitación cuando apareció mi padre por la puerta para darme la terrible noticia de que este año la cosecha había salido escasa, pero aun así eran cientos los españoles que migraban al país francés para trabajar en el campo. Era el segundo año consecutivo que a mi padre y a mi madre les disgustaba -sin remedio- que me fuera a hacer la vendimia a Francia. “A recoger uva lejos”, decían. Kitt, Kitt, Kitt.

Vendimia 2019

Mis motivos eran varios, y si repetía era por su peso. Verás, resulta que vendimiar no es un insufrible dolor en la espalda y horas interminables sudando bajo el Sol. Quiero decir, no únicamente, pero tampoco es como lo pinta quien no ha ido nunca.

Vendimiar es más. Vendimiar es catar el racimo de uvas del campo que estás cosechando y compararlo como experta con el del anterior. “-La piel de esta es más gruesa que la anterior. “-Ya ves, y no se notan los químicos”. Vendimiar es asimilar lo ensuciada de barro que estás y que no te importe porque allé, allé, mañana usarás los mismos pantalones, que limpiarlos es un sinsentido. Hacer amistad con la gente, cantar, contar chistes y narrar películas. Voilà! Amélie? Vendimiar es disfrutar. Y vendimiar también es lo que no es.

S’il ne pleut pas, il fera bon

Me refiero, por ejemplo, a que vendimiar no es trabajar en la hostelería los fines de semana durante cuatro meses pensando que le estás regalando tu tiempo y tu esfuerzo al malo a cambio de un sueldo miserable. Vendimiar no es trabajar en silencio y ponerle buena cara al cliente y tragarte una respuesta de campeonato. No deseas que el tiempo pase lo más rápido posible. Deseas un masaje, sí, pero te lo cambio por otro. Y si te cansas, haces el suricato y hablas con quien haya de pie, o permaneces sentado donde estás, a escondidas, o le das conversación al de al lado, y te entretienes, y se te pasa. Y disfrutas. S’il ne pleut pas, il fera bon, decía un colega. Y ponía Abusey Junction, de Kokoroko en la furgoneta cuando acababa el curro.

Hay cosas que mi padre y mi madre no entienden, Kitt, es normal. Tampoco mucha gente de mi edad, aunque les anime a la aventura y les jure y perjure que no hay n a d a malo más allá de la zona de confort murciano-española. Nada, no hay manera.  Yo supe que no estaba loca cuando mi primer año de vendimia, haciendo autostop por Francia de camino al pueblo donde trabajaba, los conductores me preguntaban que qué había venido a hacer tan lejos, tan mujer y tan sola, y yo les decía que la vendimia, y entonces ya sonreían, asentían y se les dibujaba caras de ensueño de rememorar tiempos pasados. “He trabajado en la vendimia diez años”, me dijo uno. “Todo el pueblo trabaja por la mañana y por la tarde se reúne en la plaza para faire la fête”. Aquí viene el secreto: cuando acaba la jornada, en la fábrica, la uva recién cortada se está clasificando para su posterior uso, pero fuera, las jornaleras y los jornaleros descorchamos las botellas de cosechas anteriores para cerrar el día como merece el mismísimo Dioniso. En ese instante, el sol se cuela por las botellas al ritmo que desciende el vino que les daba color, y así como el sol desaparece al ser tragado por las montañas, se queda el aura teñida de añil cuando emerge el fondo. Un día más, suena la guitarra y se despiertan las palmas. Es un ciclo del que formas parte. Hay trabajo humano, puro y físico, en cada botella. Hay antigüedad, cultura y humanidad.

Este año, Kitt, mi cuadrilla era un mosaico de orígenes diversos, una confluencia de diásporas. Mi forma de ver la vida es a veces tan entusiasta, que para mí fue un placer cuando el primer día vi la plantilla. Creo que pocas veces había sentido tan sumo respeto por un colectivo. Eran del Congo, de Eritrea, de Argelia y de más países africanos. Destacaban por su color de piel negro. Entre mi nivel de francés chapoteado y su esfuerzo por entenderme nos sintonizábamos en la misma conversación. Me contaban cómo llegaron a reunir dinero para pagar para a una patera que les trajera a Europa. Respeto. Que mandaban dinero todos los meses a su familia para que puedan subsistir, porque en sus países cada vez había más pobreza. Respeto. Verles trabajar era contemplar y entender un poco más la Historia y el presente. No puedes evitar que sobre el nudo de tu corazón firmes comprometida contra las injusticias, negándote radicalmente a ser partícipe consciente de cualquier acto de superioridad social.

Éramos lo mismo: cortadoras de uva

Me frustra la falta de consideración humanitaria extendida hoy día. Allí éramos iguales, en cierto sentido. Por un tiempo, nosotras éramos inmigrantes viviendo en un poblacho nómada de caravanas y tiendas de campaña, aunque ahora tenga techo y beba del grifo, esté en la universidad y viaje por placer. No es comparable, lo que vengo a decir es que éramos lo mismo: cortadoras de uva. En fin, es de esas cosas que son para vivirlas. El último día Fernando y Pablo sacaron las guitarras después de comer. Se tocaron unos cuantos temas de su grupo, Arroye, y le dieron a la rumba de los Delinqüentes y al flamenquito. Al final hicimos tanto jaleo que nadie quedó indiferente, así que la gente se sumaba a un círculo de danza en el que bailamos dando saltos y palmas. Mira, no sé bien qué era, si una danza tribal o flamenco desorbitado, pero el caso es que bullía el mismo ritmo bajo las pieles de colores, y a mí me entusiasmó.

Mi segunda temporada como cortadora de uva profesional ha acabado ya, y escribo a ordenador desde una cómoda silla de casa de mi padre y de mi madre todo lo que me nace de pensar en la vendimia. Si me dejan escribir, no paro, y como hay cosas que tienen lugar y que tal vez tú desconocías, hay que contarlas. Ahí es donde vengo yo, porque la ignorancia hay que sofocarla. Tranqui, que estamos igual. Gracias Kitt, por escucharme y por brindarnos tantos buenos momentos en la furgoneta.

Redactado por Rocío Gavilán.