Médula MusicalMúsica

MÉDULA MUSICAL #42: “WHEN LIGHTS ARE LOW. RETRATOS DE JAZZ”

By 12 septiembre, 2019 septiembre 19th, 2019 No Comments

Empecé a escuchar jazz para alejarme del pop adolescente que en aquella época nos perseguía. Poco más tarde, ya tenía mi disco favorito en las manos y disfrutaba de aquellas lunas negras que giraban en 33 revoluciones; largas noches junto al destello de su voz melancólica, como el humo del primer cigarro. La fina aguja de metal marcaba los días haciendo caer las hojas del calendario, y nos veía crecer, indiferentes y solitarias. No seríamos nosotros quienes cambiarían el mundo, pero crearíamos el nuestro, conformado por árboles de un parque silencioso donde nos ocultábamos de la áspera realidad. En aquella época temas como Autumn leaves, de Chet Baker, se hicieron parte de mi patrimonio personal – y lo siguen siendo – y de los lugares que bautizábamos con los nombres de nuestros amantes.

No recuerdo la muerte de Chet Baker porque era 1988, y yo acababa de nacer. O quién sabe… quizás hubiéramos estado tendidos en una playa, lejos de la ciudad; averiguando entonces que su impronta fue la versión más desgarrada de My funny Valentine, mientras caía de un octavo piso en Amsterdam. El para siempre eterno Chet Baker, ese amor imposible con los codos siempre en la barra de algún bar. Un jazz que llegó a nuestro país guiado por esos aires europeos de ayudar al prójimo.

Los lujosos casinos y hoteles de ciudades como San Sebastián y Santander, en el primer tercio del siglo XX, eran lugares de veraneo real y cortesano, y fueron ellos quienes absorbieron las modas musicales que ya dominaban la moderna Europa y fueron la puerta de entrada de muchos de los últimos bailes llegados de América, el jazz entre ellos. Por aquel entonces, una joven España reflejaba una influencia negra en las revistas y zarzuelas del siglo XIX. Y probablemente la zarzuela sirvió como género esponja que asimiló muchos de los materiales musicales del momento, incluidos los ritmos que venían del otro lado del Atlántico, como el tango o la habanera .
Por supuesto, la intensa actividad portuaria (y nocturna) de Barcelona fue básica en el camino hacia la fama en nuestro país de muchos de los espectáculos que causaban sensación en los teatros de varietés europeos y, por lo tanto, de las primeras bandas de jazz que actuaron en España.

Aunque a veces una histórica sensación de retraso cultural español indique lo contrario, la moda del jazz en España no fue muy diferente a la del jazz en Londres, en París o Berlín, en lo que se refiere a simultaneidad temporal. Madrid y Barcelona no tenían mucho que envidiar en ese aspecto a las propuestas afroamericanas de otras capitales.

Pero el jazz no sólo traspasa fronteras sino también su propio ámbito musical para empapar otras manifestaciones artísticas, como la fotografía de Esther Cidoncha. “El jazz te da lo que la vida te quita”, dice esta argelina de nacimiento pero madrileña de vocación, autora de When lights are low. Retratos de jazz , un recorrido por los escenarios a través de la fotografía, que fue editado en 2014 por La Fábrica con prólogo del trompetista y compositor Wadada Leo Smith y textos de Chema García Martínez, José María Díaz-Maroto y Antonio Muñoz Molina.

“Parece que tengas que ir a escuchar un buen concierto de jazz para encontrar esa fuerza vital. A mí me pasa: la vida, sin el jazz, no me llama la atención; sin embargo, cuando estoy en un concierto, surge la magia y tú sabes que ese hombre que está sobre el escenario trabaja duro todos los días para conseguir transmitirte eso que te está partiendo en dos. Ese es el milagro del jazz: hacer fácil lo difícil, y que te seduzca completamente”.
Luces sugestivas y tenues, diferentes focos de intensidad y color creadores de contrastes, la gran variedad de instrumentos, sus tamaños, formas, materiales; la sobriedad de un escenario desnudo o un club de jazz con ambiente; micrófonos, partituras; la forma de vestir extravagante de algunos músicos; una sonrisa cómplice, un gesto, una mirada, un silencio… Todo esto vamos a encontrar en este intenso libro.

De Christian Scott a Billy Harper. De Lee Konitz a Patricia Barber. Art Farmer, Kenny Barron, Benny Carter, Lionel Hampton, Casandra Wilson o Joe Lovano, y así hasta 150 artistas desde los años 90 hasta nuestros días, en un recorrido casi místico. Delante del objetivo de Esther Cidoncha desfiló la crema y nata del género: “En los noventa todavía vivía los grandes, como Harry Edison, Benny Carter o Hank Jones, auténticos caballeros, tan cercanos y elegantes tanto dentro como fuera del escenario; y eso es algo que se ha perdido. Ha cambiado completamente la estética del jazz. Yo he hecho conciertos con los músicos tocando en chándal, lo que es un reto para el fotógrafo, porque tu trabajo es sacar belleza de algo que empieza a no ser ya tan plástico” – Relata la autora.

Por suerte, en nuestros tiempos, podemos seguir disfrutando, sin salir de nuestra ciudad, de un concierto de jazz o de la zarzuela que lo acercó a nuestro país en aquellos tiempos que suenan tan lejanos. Hoy guardamos manuscritos, discos, libros y esa llama que quisiéramos encender como un profano que regresa a su creencia y prende las velas de un oxidado candelabro. Salimos del amor del jazz como de una ruina aérea sin equipaje ni billetes de vuelta. Y entramos en él con esa sonrisa de dientes grandes y desasidos, que brillan en la tiniebla.

Durante las últimas dos décadas, Esther Cidoncha ha recorrido los escenarios donde el jazz cobra vida cada noche para hacer las fotografías que componen ‘When lights are low. Retratos de jazz’, editado por La Fábrica .

Redactado por Alba Molina.