Amalgama

AMALGAMA #32: Calle torcida: por una música urbana queer

By 9 mayo, 2019 mayo 13th, 2019 No Comments

En los últimos años hemos visto cómo sectores de la intelectualidad se han interesado por lo periférico, abyecto y lo urbano para intentar descifrar de manera ambigua esta realidad desde una posición de privilegio y dirigiendo su análisis fuera de los márgenes de los que hablan. La explicación a esto reside en que la escena musical urbana ha puesto sobre la mesa aspectos fundamentales de la epistemología contemporánea con una visión de clase muy marcada e intentando huir de la dictadura del positivismo a la que estamos sometides desde el siglo XIX.

Sin embargo, las reflexiones tanto a las que se somenten como a las que son dirigides les artistes de la escena son encajadas siempre en el ámbito cisheterosexual. Vivimos la era del capitalismo cultural en el que aparentemente los ejes alta cultura/baja cultura están más desdibujados y entremezclados que nunca: rap, R&B, trap, dancehall, reguetón. Los géneros se multiplican y se diluyen en los márgenes pero siempre en un marco cishetero. 

 

¿Underground o mainstream en 2019?

Es cierto que los productos que la industria musical urbana comercializa proponen alternativas al modelo de vida tradicional, a la unidad familiar, a las relaciones monógamas establecidas y al trabajo reproductivo. Ama de casa the mixtape, Dinero de Bad Gyal, Lil Romeo de Yung Beef, son ejemplos de ello. Pero los intentos por traer a la contemporaneidad política un sistema cultural nacido hace años han obviado de manera radical gran parte de las luchas identitarias del siglo XX operando bajo el paraguas protector de la cisheterosexualidad.

Cuando perteneces a la comunidad queer no tienes posibilidad de entrar o disfrutar del circuito urbano, no se nos considera valides. Vivimos en una sociedad preparada para la desaparición de cualquier persona no normativa, se nos niega y agrede de manera sistemática. Todo esto se refleja de manera clara en los sistemas culturales y aún más en la industria musical. A las personas no cisheterosexuales se nos ha cortado de raíz el acceso al debate estrella en los nuevos circuitos culturales. La discusión cansada, manida e ingenua sobre el mainstream y el underground no deja de ser otro mecanismo para la legitimación de la hegemonía cisheterosexual del mercado de la escena urbana en el Estado español.

El discurso de estar o no dentro del sistema con referencias al anarcocapitalismo o al comunitarismo no deja de ser una disputa por comprobar quién tiene la testosterona más fuerte. Etiquetarse como underground o mainstream no mantiene un significado real en 2019, simplemente consiste en disfrazar el debate eterno sobre la lucha de clases, al cual el colectivo queer pocas veces puede acceder porque su posición en la jerarquía piramidal de privilegios se sobreentiende.

El mandato ideológico de pareja hombre-mujer se convierte en una estructura que ordena en clases a la sociedad, se convierte en una estructura política indispensable para la división sexual del trabajo, para la asignación del invisible trabajo reproductivo. Esta es una construcción reproducida por nosotres sin cuestionamiento alguno, desde nuestro nacimiento, y es también reproducida por las instituciones que a todos nos atraviesan y norman. Es por todo esto por lo que a las personas queer se nos excluye de la lucha de clase.

 

Artista como producto: reproducción del hombre cishetero

La reproducción de la especie humana es vista por el capitalismo como algo vital para su propia continuidad por lo que todo proyecto de vida que se aleje de las lógicas reproductivas es susceptible de ser aniquilado y marginado. La industria musical urbana opera y se regenera gracias a hombres cisheterosexuales.

El producto ya no es un objeto sino el artista: el personaje público con una identidad concreta, relacionado con unos valores concretos. El artista se convierte en producto, en mercancía publicitaria, en un bien instrumental y el capital sabe perfectamente que los maricones no venden, no generan dinero, nunca serán un producto. El hombre cishetero manda y ordena mientras que cualquier realidad no binaria es apartada y no se le permite ser partícipe ni de manera activa ni pasiva de la escena.

Toda negación de lo binario es calificada como fallo, algo abyecto que debe ser exterminado. Un fallo del sistema que se encuentra muy cerca de los márgenes cuyos vínculos epiteliales con la periferia y con la calle son mucho más estrechos que los que se pueden encontrar en el personaje heterosexual. Somos animales, vagabundes, identidades disidentes tiradas a la basura por no poseer capacidad productiva ni reproductiva, escupides a la cara por el capital, atravesades y marginades por los sistemas culturales. ¿Acaso alguien es más calle que nosotres?

 

Fotografía: Ramón El Cristo y Yung Beef en una escena de ‘Mala Ruina’ de Carlos Salado.

Redactado por Manuel Alba Montes.