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AMALGAMA #30: TREMENDA MATUTE

By 21 marzo, 2019 No Comments
javierolivares

Los niños no son tontos

Persigo con pasión cuentos, iluminaciones fugaces arrancadas de emociones e ideas. Todavía más a los relatos-limbo, que huyen de etiquetas y se convierten en árboles. Dan sombra a la infancia, llenando el mundo de ramas extrañas; a la adolescencia y juventud, recuperando símbolos y traduciendo significados; y acompañan a los adultos hasta la mayoría de edad, acompasando sus formas de caminar.

Adoro y siento por ‘Los niños tontos’ de Ana María Matute. La escritora no es -era- cursi, no es -era- suave ni blanda. Una recopilación de relatos breves para adultos que determinados niños podrían devorar. Ana acoge desde las vísceras temas universales como la muerte, la incomunicación o la discriminación.

La infancia es un lapso de tiempo recurrente y feroz en Matute. Y lo fantástico, empapado de pinchazos sociales, crea espacios para ahondar en los dolores. Estos textos, desérticamente bellos, nos cuelan en la deformada visión de nuestra primera edad.

Los insólitos microrrelatos de 195 6 contienen a la autora en su capacidad lírica. Escrito mientras aguardaba en la cafetería, el libro fue herido por la censura de la dictadura en un doloroso parto. Analistas buscan en estos 21 a los críos de la posguerra y su niñez caída.

Los hijos tremendos de la indiferencia y crueldad humana se expresan a bandazos. Con ráfagas poéticas la soledad impone su perfil en las metamorfosis finales. Revelan también el desconocimiento e incomunicación con nuestra joven-antigua realidad. Por favor, no son los niños tontos, pueden leer algo más. Y no es el cuento o relato un género menor.

Atentos, que vienen.

Polvo de Carbón, Los niños tontos

La niña de la carbonería tenía polvo negro en la frente, en las manos y dentro de la boca. Sacaba la lengua al trozo de espejo que colgó en el pestillo de la ventana, se miraba el paladar, y le parecía una capillita ahumada. La niña de la carbonería abría el grifo que siempre tintineaba, aunque estuviera cerrado, con una perlita tenue. El agua salía fuerte, como chascada en mil cristales contra la pila de piedra. La niña de la carbonería abría el grifo de agua los días que entraba el sol, para que el agua brillara, para que el agua se triplicase en la piedra y en el trocito de espejo.

Una noche, la niña de la carbonería despertó porque oyó a la luna rozando la ventana. Saltó precipitadamente del colchón y fue a la pila donde a menudo se reflejaban las caras negras de los carboneros. Todo el cielo y toda la tierra estaban llenos, embadurnados del polvo negro que se filtra por debajo de las puertas, por los resquicios de las ventanas, mata a los pájaros y entra en las bocas tontas que se abren como capillitas ahumadas. La niña de la carbonería miró a la luna con gran envidia.

“Si yo pudiera meter las manos en la luna”, pensó. “Si yo pudiera lavarme la cara con la luna, y los dientes y los ojos”.

La niña abrió el grifo y, a medida que el agua subía, la luna bajaba, bajaba, hasta chapuzarse dentro. Entonces la niña la imitó. Estrechamente abrazada a la luna, la madrugada vio a la niña en el fondo de la tina

Referencias:

https://gredos.usal.es/jspui/bitstream/10366/115589/1/DLEH_Xiaojie_C._La_infancia.pdf

https://www.academia.edu/37095784/La_infancia_imposible_Los_niños_tontos_de_Ana_María_Matute_o_el_fracaso_de_la_biopolítica_franquista

http://periodicos.urca.br/ojs/index.php/MacREN/article/viewFile/563/487

 

Redactado por Laura Serrano.

Ilustraciones de Javier Olivares.