OLA DE CALOR EN ESTRASBURGO

Desde que Mandarina se rapó la cabeza, la paya pasa de esuchar a grupos que no tocan en locales autogestionados ni hacen serigrafía. Va la tía de alternativa, pero luego se pimpla siete cervezas capitalistas. Algo así pasó el otro día. Decidió cruzar Francia para asistir a las October Tone Parties, organizadas por el sello estrasburgués October Tone. Tres jornadas intensivas de música y patatas fritas. Necesitaría por lo menos siete artículos para contarnos el percal y se quedaría corta, así que vamos abreviando.

Nos llega un whatsapp de madrugada. La Tango está viendo a los Camera e insiste en la importancia de escuchar a este grupo con residencia fija en Berlín y una furgoneta capaz de cruzar el Atlántico.

Le gustan porque publican posts con bricks de leche de soja.

EL CASO.

La banda se define como #krautpunk, término que Mandarina desconocía hasta el otro día. No vamos a mentir. Todos somos conscientes de su problemática a la hora de gestionar estilos. Aparentemente, #kraut es chucrut en francés, lo cual le pega al asunto porque es la comida típica de la propia Alsacia, lugar en el que se celebran los conciertos. Y si hay col y punk, nos gusta, qué vamos a decir. No, en serio, es una corriente que surgió en Alemania pasada la primera mitad del siglo XX y que puede ser considerada como un subgénero del progresivo. El punk, no os lo vamos a explicar.

La movida es que hay un ambiente de la hostia, y todo el mundo suda. Sobre todo los músicos, y es que el batería lleva media hora tocando sin ni siquiera quitarse el abrigo. El pelo le tapa la cara y nadie ha conseguido ver qué es lo que esconde tras la madeja de pelo rubio. Nos preguntamos si forma parte del show de la banda. Quizá simplemente pase del contacto visual como cuando nos preguntaban en el insituto. Siguen tocando pausa alguna. El público y los músicos siguen sudando.

Después de unos cuantos intentos fallidos, el micro del guitarra empieza a sonar, y canta en un idioma que los asistentes no identifican. Esto puede deberse a que es muy punky, muy alemán o a que ha inventado un nuevo idioma. El batería se saca una maraca y empieza a darle mandanga a los tambores. No hay avistamiento alguno de su cara y no puede ser tan fea esa persona. De repente, todo el público está lejos. Flota. Y prometemos que algunos no han consumido estupefacientes. Los sintetizadores siguen haciendo su parte para que el ambiente no decaiga y el bajo marca unos ritmos que nos obligan a sacudir la cabeza como si aceptásemos una propuesta de matrimonio de manera continuada. ¿Es algo ensayado o una ronda de interminable improvisación colectiva?

Lo que está claro es que los músicos van a necesitar unos cuantos sueros fisiológicos para reponerse.

A la salida, todo el mundo coincide. Hacía tiempo que no se sentían a la vez tan lejos y tan dentro de algo. Parece que durante el tiempo que ha durado el concierto, el resto del mundo daba absolutamente igual, y sin embargo, todo el mundo se sacudía al ritmo sucio de la madeja sonoro que estos tipos generan sobre el escenario.

Podéis seguirlos en Facebook y rezar para que consigamos traérnoslos a España.

 

Redacatado por Mandarina Tango.