A Marcelo sólo quiero que le pasen cosas buenas

Cada vez que acepto escribir sobre alguien a quien tengo cariño me pasan tres cosas. La primera: me emociona de un modo extraño tener la oportunidad de dejar constancia de lo que me gusta lo que hace esa personísima; la segunda: me inquieta no saber expresarlo; la tercera: me da una vergüenza terrible. Estoy entre la segunda y la tercera mientras redacto esto y pienso en que no sé muy bien qué contar de Marcelo Criminal sin sonar cursi o pelota o las dos cosas. Luego vuelvo a la primera y creo que me da igual.

Cartel por Derek V. Bulcke.

Si trato de visualizarlo, en mi cabeza –Marcelo- aparece como una persona con sombrero de cowboy que tiene siempre presente una imagen de Juana de Arco metida en un corazón formado por un signo de menor que (<) y un tres (3). Fuma nervioso y apenas utiliza las mayúsculas. Le mola prestar libros, Los Libros en general, y puede leer mientras camina de un sitio a otro y/o en medio de una manifestación (¿Esto se considera un superpoder?). Un día se levanta tarareando Daniel Johnston y otro Pedro LaDroga y, en el empeño –que compartimos- por mayusculizar la cotidianidad disfruta paseando por los parques y los supermercados con serenidad, paso lento y los ojos bien abiertos.

Además de todas esas cosas –aquí abandono la reproducción mental y me paso al materialismo-, Marcelo hace canciones boniquísimas. Desde que lo conozco, he de decir que algo dentro de mi barriga se alegra cada vez que alguien comparte una de ellas o cuenta, con cierto entusiasmo, “lo guapo que ha estado” un concierto suyo. Podéis verlo en directo y quedaros afónicos cantando que se me olvida que no me quieres sobre todo cuando es viernes el 8 de noviembre en la sala Musik.

 

Redactado por Carmen Caballero