REMEDIOS CONTRA LA BUROCRACIA

Cambiar de ciudad es emocionantísimo y pesado: la exaltación que produce sentirse como un crío estrenando cosas todo el tiempo choca continuamente con la inquietud que provoca el pensamiento (no muy cierto pero constante) de tener que realizar un sinfín de trámites para que el asentamiento se efectúe correctamente y no queden cajones abiertos (ni papeles sin firmar).

En esas me encontraba hace un par de semanas cuando, mochila preparada y Google Maps humeante, decidí (estas cosas se deciden) encargarme de que mi enfrentamiento con la burocracia fuese lo menos insatisfactorio posible: pensé que sin bragas y cantando que me gusta el café muy ca-lien-te todo me iba a parecer menos rollo, así que me quité la ropa interior y me metí en el móvil los discos de Cuchillo de Fuego.

Funcionó, por lo que me vi gratamente empujada a oficializar el procedimiento. Y ahora, que ya no me quedan tarjetas que hacerme, me dan ganas de irme a Pontevedra.