TODA LA POESÍA ANÓNIMA

Y todas las poetas parecen que tienen nombres destinados a serlo. El día que conozco a Sylvia Plath tengo 11 años, confundo el título ‘Ariel’ con un posible libro infantil. No entiendo nada, pero ahí está y algo alcanzo: “Morir es un arte como todo”. Aunque soy pequeña intuyo que retiene algo significativo, e inicio una nueva etapa vital y de lectura.

The Bell Jar
La Campana de Cristal.

Llego a la universidad y protagonizo una discusión sobre la oratoria de Steve Jobs. Mi compañera supone maravillas del mesías tecnológico, y lo sabe porque ha leído su biografía. Es nuestra nueva confusa y mediada mitología. Nerviosa por caer en la trampa repaso mi relación con Sylvia. ¿Hasta qué punto la superpongo a sus palabras y la convierto en arquetipo? Pienso en mis propios relatos y lo poco que sabréis de mí si me confundís con ellos.

La literatura produce un impacto emocional relevante que te conforma. Siempre digo, y parece que presumo, que soy lo que he leído. Con la escritora estadounidense la fascinación es fácil: bipolar, un marido infiel y un suicidio con un horno de gas tras preparar el desayuno a sus hijos. La desconocida es un personaje que devoras hasta creer cómo es, contra qué lucha y cómo el verso tres de la página ocho anuncia su muerte. 

El imaginario de Plath

Plath ostenta el estatus de ídolo y se diluye en su obra. Es decir, se confunden. Como ilustra Rita Hayworth: los hombres se acuestan con Gilda y se levantan con ella. Puede que me acueste con Ariel proyectando que es Sylvia. La ficción poética se ahoga en innumerables biografías, artículos y ensayos, hasta casi desaparecer entre los diarios que le servían de desahogo. Por eso, encuentras quien la describe desde frágil a egocéntrica, e interpretan ‘Ariel’ como una carta de suicidio o un ejemplo de ambición. 

Tanto se ha escrito sobre su vida con florituras que desespera buscar análisis válidos de sus textos en internet. Lo que encuentro es la imagen distorsionada, un icono fetichista que opaca su complejo y cuidado estilo. Conforme crezco me alejo de su supuesta vida privada y buceo en, por ejemplo, el poderoso ‘Tres mujeres‘. Extenso poema que reflexiona sobre la maternidad a tres voces: la que ansía ser madre, la que  quiere y no puede y la que lo es sin desearlo. Una pequeña revolución poética concebida para leer en voz alta y que cambia toda su composición técnica. Pero siempre tiene más morbo que Ted Hughes abandone a la pobre por su amiga.

No quiero otra estatua de la diosa Plath, basta con el referente. Suficiente con la mujer de la creación colorista sobre las contradicciones, la identidad, la muerte o la tristeza profunda. Porque a los 11 años lo que llega y deseo imitar no tiene tetas. Es este referente con su capacidad literaria la que transforma. Dejo de querer ser Indiana Jones para perseguir a la mujer que escribe.

Lady Lazarus leído por Sylvia Plath

 

Redactado por Laura Serrano.

Fotografía de Robert Frank, Los Americanos.

Sara Bicknell, portada de The Bell Jar.