De pequeño no solía ver películas. En casa teníamos un viejo vhs en el que de vez en cuando algún vecino nos prestaba alguna cinta, y otros tantos era yo el que iba a casa de los vecinos; muy pocas veces al cine. Aún recuerdo las primeras veces que fui al cine. Mis hermanos me llevaron a ver Múlan y Hulk, una extraña combinación que nada mas me hizo gritar y tener pesadillas. La primera con el grito del general Shan Yu. La segunda creyendo que mi padre era “la masa”.

He crecido en un entorno en donde lo que no es utilitario se descarta, y una película no es utilitaria. ¿Cómo acabé teniendo un gusto cultivado por el cine? Lo desconozco.

Mis recuerdos me llevan a un amalgama de películas sin sentido (Stuart Little, Jumanji, Tú a Londres y yo a California) hasta la adolescencia donde toma algo de coherencia resumida en una saga de fantasía adolescente: Harry Potter; y un extraño gusto por el gore con Saw. Un panorama realmente preocupante lo mires por donde lo mires.

La cuestión es que llego la universidad, una época de castidad, rechazo al alchol, las drogas y a cualquier tipo de placer no correspondido con el fílmico.  Los miércoles, los viernes, las fiestas del cine y cualquier festividad inventada, podías encontrarme en alguna sala de cine o en casa viendo películas. Fue en la época de la universidad cuando cultivé mi gusto y descubrí : Hedwig and the Angry Inch, de Jhon Cameron Mitchell.

No puedo contar demasiado, ya que si no desvelo todo el percal, y no es plan. Creo que las películas hay que verlas sabiendo poco de ellas, dejar que nos sorprendan, probar con cosas que quizás pensemos que no nos corresponden.

El resumen feo es: película musical que cuenta la historia de un transexual. Sin embargo, es mucho más que eso. Hedwig and the angry inch es una búsqueda personal, una celebración de la diversidad, una historia conmovedora sobre los sueños, la derrota, la superación, la fuerza y sobre uno mismo; musicalmente muestra letras que encuentran nuestros puntos débiles, y estéticamente una máscara. Bajo el color y la excentricidad se encuentra una historia de dolor.

Un film a ver por todo aquello que nos pueda enseñar y por aprender de la multipotencialidad de su director, John Cameron Mitchell.  Quien además de dirigir, desempeña otras labores como la de personaje principal. Actitud que podemos ver en otra de sus películas Short Bus.

¿Te vas a dejar llevar y adentrarte en terrenos desconocidos?