EL GRAN VILAS

Ya sabemos que Feisbuc es un lugar terrible, pero no es menos cierto que de vez en cuando, entre los memes, las cancioncicas raras que publican tus colegas y las fotos de los viajes de la gente que tiene más pasta que tú, se cuelan algunas cosas que hacen que detengamos el automático que nos hace mover el dedo índice de abajo hacia arriba en pos de pulsar esas palabras color azul que son “ver más”.

Así fue como descubrí a Manuel Vilas: mi amigo Saúl compartía un poema que el susodicho le dedicaba a su madre. Decía así:

“Vaya, mamá, no sabía que te quería tanto.

Tú sí que lo sabías, porque siempre lo supiste todo.

Qué bien que todo haya acabado,

en una culpable tarde de primavera

en donde comienza el mundo,

en donde para ti acaba el mundo,

en donde para mí ni acaba ni comienza

sino que persiste involuntariamente.”

Guardé esos versos en las notas de mi móvil (esas maquetas de las cosas importantes) y… poco más. Sin embargo, sospecho que su nombre se quedó rondándome, porque el otro día, cuando descubrí que me habían levantado el castigo de la biblioteca y fui a hacerme eco de ello, lo recordé. Ahora me llevo su poesía completa a todas las salas de espera y Manuel Vilas se ha convertido en uno de mis señores favoritos.

 

Manuel Vilas para Jot Down

 

CAPRICHOS DEL QUE NO DUERME

Por las noches, cuando no puedo dormir de tan feliz que soy,

me levanto de la cama y me pongo a escuchar música y

a escribir,

repaso muy vagamente recibos que me llegan del banco,

compruebo la marcha de los relojes de mi casa, mi casa está llena

de relojes, me plancho alguna camisa si estoy inspirado,

contemplo el sueño doméstico del gran Trajano y me ordeno

la mesa del despacho, me abrillanto los zapatos y escribo

con poca fe y me acuerdo de todos mis amigos de la infancia

y pienso en un acantilado frente al mar, y en el mar veo un barco

donde están mis pequeños amigos, navegando como valientes.

Encima de la mesa de mi despacho están las fotos de Kafka

(a la señora que limpia mi casa le dije que era mi bisabuelo

y le pareció muy guapo y comentó que mis ojos eran los suyos),

un destornillador que compré en una oferta y que ahora empleo

para matar transparentes insectos del buen tiempo que se meten

en mi casa atraídos por la lámpara de mi mesa, una calculadora

Firstline con la que saco las tristes y baratas cuentas de mi vida,

un sello de caucho con mi nombre y dirección, una grapadora

negra con los bordes dorados, muy bonita, las gafas

de mi discreta miopía, las gafas de sol que no deberían

estar aquí, y una agenda con teléfonos y direcciones inútiles.

Y en la gaveta guardo una navaja preciosa, con la que, de vez

en cuando, amenazo, en extravagancia lúdica, al gran Trajano

y éste me reprende con algún ladrido de enfado melodramático.

Por la noche, mientras dura mi vigilia, repaso los rincones

de mi casa, a oscuras, descuelgo el teléfono y oigo la voz

grabada del contestador diciéndome que no tengo mensajes

ni nuevos ni antiguos, temo abrir las puertas de los armarios,

me gusta el contacto frío de los picaportes de las habitaciones

de mi casa, y luego, después de esta ronda noctívaga,

regreso a la cama, me quito las zapatillas, me arreglo con la

almohada,

y mientras duermo rezo un Ave María, un Credo y un

Padre Nuestro.

Y aún me queda tiempo de que me resbale una lágrima azul

por las manos cerradas, por el pecho abierto, por la mejilla

húmeda.

El verano es la estación en que me enamoré de ti

y conocí lo que la vida entrega, íbamos juntos al río,

España era una dictadura cayéndose sobre nosotros.

Y sólo sé decir, como esos seres obsesionados por algunas

palabras

que difícilmente representan los hechos, el verano es la estación

en que me enamoré de ti, y sólo me faltaría añadir “Sabedlo”.

Pero, ¿sabedlo?, no es ese sabedlo una señal de presumida retórica,

si nadie supo nunca nada de nosotros, ni nadie sabrá cómo te quise,

porque los amantes como nosotros no dejan rastro, no dejan nada.

 

Redactado por Carmen Caballero